La experiencia acústica de un Temazcal

Ayer por primera vez fui a un Temazcal. Despúes de 11 años de vivir en México por primera vez participé de esta ceremonia.

Siempre supe que en este tipo de cosas, todo tiene su tiempo y su lugar. En 11 años no me faltaron invitaciones, preguntas como: ¿nunca has ido a un Temazcal? Pero yo sabía que el momento llegaría y la experiencia tendría algo más para enseñarme.

Esto me ha pasado muchas veces, en la relación con los lugares que visito sé que todo tiene su propio tiempo y que esos lugares me irán develando sus secretos a su modo.

He dejado de perseguir lugares cuando viajo, contrario a lo que todo el mundo me aconseja yo prefiero caminar y dejarme llevar por los caminos. Por ejemplo conozco París pero nunca he ido a visitar ni he visto su Torre Eiffel; pero sí conozco las discusiones entre migrantes de un hotel repleto de escaleras. De Alemania jamás me llamaron la atención ni los vestigios del muro, ni los tantísimos monumentos, pero me he emocionado y he llorado frente a una minúscula pintura de Paul Klee en un museo casi olvidado, o frente a una fuente o frente a un mural. Cosas que lo encuentran a uno y no que uno encuentra.

En México con toda su carga cultural y sus secretos ancestrales a la vuelta de la esquina; durante 11 años he caminado y he ido escuchando cuando esos secretos me susurran al oído.

Así pasó con esta experiencia en el Temazcal.

Desde hace años, mi amiga Pamela me ha dicho que debo ir al temazcal al que ella religiosamente acude todos los martes. Durante años he dicho que sí pero por algún motivo no sentía la necesidad.

Hace una semana atrás, la palabra temazcal apareció en mi vocabulario y sin pensarlo le pedí a Pamela que me llevara.

Resulta que me enteré que vivo en la tierra de los temazcales, el lugar en el que vivo anteriormente pertenecía a un pueblo que se denominaba “Temazcaltepec” que deriva de la palabra náhuatl temazcalli cuyo significado es “baño de vapor” y de tepetl: “cerro” con la C al final que sobreviene en “Cerro de los temascales o baños de vapor”.

Hace 7 años que vivo aquí y yo no lo sabía (no porque no me guste enterarme de los significados de las cosas, sino porque todo tiene su tiempo). Pamela nació aquí y hace 8 años que acude al Temazcal; era ella la persona indicada para revelarme los secretos.

Representación del temāzcalli tomado de los Códices Mexicas

Llegamos al Temazcal ubicado en una casita humilde; todos nos cambiamos en una pequeña habitación llena de caracoles “Teksispitsali“. Todas las personas que allí asistían eran de la comunidad, no era una ceremonia turística, es algo que la gente hace todas las semanas, es una ceremonia habitual tanto como lo son los novenarios.

Luego entramos uno por uno al Temazcal. Una diminuta casa de barro con techo de tela y paja. En el centro un círculo, un hueco donde más tarde se colocarían las piedras al rojo vivo.

Cada uno debía entrar por la izquierda, rodear el círculo central y sentarse en uno de los tapetes.

Una vez que las 14 personas estábamos dentro de ese útero de barro, comenzaron a entrar cada una de las abuelitas (las piedras incandescentes), con cada entrada de la piedra se saludaba y se les daba la bienvenida. Finalmente Lázaro, quien presidía la ceremonia…

-Aquí hago un alto, porque a pesar de vivir hace 11 años en estas tierras no deja de impactarme el sincretismo entre lo católico y lo aborigen, son dos caras de una misma moneda.-

…Lázaro, dio la bienvenida a una fuente de agua y con un atado de hierbas aromáticas comenzó a atizar las piedras de las cuales se soltó un vapor caliente.

En ese momento se cerró la puerta, lo que llamarían “la primera” puerta de las cuatro puertas que debíamos atravesar (más tarde Daniel me comentaría que no todos pueden pasar las cuatro puertas, que si uno traspasa las cuatro puertas es porque es el momento para hacerlo)

Al cerrarse la puerta todo el espacio quedó a oscuras, tan negro que no veía mis manos. Sólo atinaba a ver, por momentos, el rojo de las piedras que estaban frente a mí. El calor fue subiendo y de repente Lázaro hizo sonar el caracol.

El sonido del caracol mexicano es muy espacial. Llamado Atecocoli, atecocolli (Caracol de agua) o Teksispitsali (Caracola marina), es utilizado en diversas ceremonias para invocar o pedir permiso a los vientos. El sonido es como el de una corneta reverberante con una fuerza que llena cualquier espacio. Realmente “llena” el sonido el espacio; el sonido de la caracola tiene textura y presencia. Ya lo había experimentado en otras ceremonias al aire libre y siempre lo sentí como un sonido corpóreo.

Tengo una de estas caracolas en mi estudio, jamás he podido tocarla o sacarle sonido alguno espero que llegue ese tiempo de aprendizaje; por el momento descansa en una mesa.

Lázaro tocó la caracola mientras el calor de las piedras subía y mi cuerpo comenzaba a sudar, en ese mismo instante fuera del Temazcal se desató una tormenta, en el exacto momento que el caracol dejó de sonar el cielo tronó y todos los que estábamos dentro del Temazcal tomamos ese sonido como una respuesta del cielo.

Una respuesta sonora, contundente para nosotros que estábamos ahí, en ese instante.

Afuera la lluvia y el frío, adentro el calor se hacía cada vez más intenso. Comencé a marearme pero seguí respirando en la oscuridad y escuchando como las demás personas hacían lo suyo.

Se escuchaba el pequeño azote de las hierbas mojadas contras las piedras que desprendían cada vez más vapor. Por una milésima de segundo mi cabeza pensó que sería hermoso pero imposible grabar dichos sonidos. Imposible por lo particular de la ceremonia -siempre creí que este tipo de ceremonias no podían ser grabadas, ocurren en un momento del tiempo y del espacio muy lejano al que estamos acostumbrados y prender una grabadora en esos lugares es como arrebatar un poco de magia- por otra parte, el calor y la humedad que allí había hacen imposible que cualquier equipo electrónico sobreviva a la experiencia.

Pero ese pensamiento, el de grabar aquellos sonidos, fue espantado rápidamente por el tambor de Lázaro y los cantos que comenzaron. Cantos sencillos pero que nos ayudaban a respirar y a tranquilizar la mente. Como yo no sabía ninguno de los cantos sólo me quedé escuchando en silencio y acompañando el ritmo con la respiración.

Ante mis ojos, que no podían ver nada en aquella oscuridad, comenzaron a aparecer figuras azules danzantes. En un primer momento pensé que tenía los ojos cerrados pero me di cuenta que los tenía abiertos de par en par y que ya no se veían las piedras incandescentes.

El calor era tal y el sudor era tanto que la piel comenzó a desprenderse, toqué mis brazos y mis piernas y sentí como mi piel se desprendía sola, como una papa cuando uno la pone a hervir.

La traspiración era excesiva. El aire que entraba por mi boca era igual de caliente que el que salía.

Lázaro indicó que el tiempo había terminado, no sé cuantos minutos pasamos en la primera puerta. Al unísono pedimos que se abriera la puerta y la puerta se abrió.

Comenzaron a entrar más piedras, más abuelitas de la tierra.

Se cerró la puerta, ya estábamos en la segunda puerta y comprendí que el calor subiría aún más si eso era posible.

Durante la primer puerta la gente habló en voz alta, en la segunda puerta comenzó a susurrar. En plena oscuridad nuevamente, toqué mis pies porque no los encontraba, era un mar de sudor, de agua. Me había convertid en agua.

Ahora podía ver las figuras azules danzando entre las abuelitas incandescentes. Coloqué mis manos frente a mi cara y soplé lo que salía de mi boca no era aire, sino fuego. Era algo más caliente que lo que respiraba ¿cómo era posible?

Sentía que mis manos ardían, pero no me molestaba. Estaba en otra tierra donde el malestar era parte de un momento único y no se sentía incómodo.

Pasamos unos minutos en silencio, la oscuridad con el calor se acentuó. El lugar de algún modo se transformó por completo, no había referencia alguna, no había geometrías, por un momento pensé estar en el centro del universo, en un agujero negro.

Comenzaron los cantos nuevamente, el tambor y una especie de sonaja. Los sonidos podían situar a las personas en aquel oscuro espacio, pero yo me las imaginaba flotando, cantando y flotado.

Me recosté, el calor subía y se hacía cada vez más profundo y recordé el consejo de Pamela de que por momentos debía de recostarme si sentía que “era mucho”.

Me acosté pero alcé las manos, se sentía la diferencia. Las manos estaban en un nivel de calor impresionante, mientras que mi cabeza recostada todavía podía respirar.

De repente se abrieron tres diminutas ventanitas y hubo una batalla entre el frío de afuera y el calor de adentro por varios minutos ganó el calor y nuevamente al unísono todos volvimos a pedir “puerta” y la puerta se abrió.

Salimos del Temazcal y nos echamos cubetas de agua helada, helada, helada mientras la lluvia hacía lo mismo en nuestros cuerpos. Sentí que mi cuerpo no era mi cuerpo por unos segundos.

Regresamos al Temazcal, nos arrastramos por la izquierda y nos sentamos nuevamente. Entraron nuevamente los ancianos de piedra. La tercera puerta había comenzado.

El calor se incrementó, yo no sabía que eso fuera posible, en la escuela me enseñaron que el agua hierbe a 100° pero aquí dentro el calor era aún más intenso. Tanto que alguien preguntó si así se sentía el infierno y Lázaro en plena oscuridad contó una historia acerca de dónde venía esa concepción cristiana del infierno.

Un hueco donde castigaban a ciertos personajes por hurto y otros comportamientos. La historia me hizo sentido, me recordó escenas de distintas películas y dejé de pensar. Literalmente sé que dejé de pensar. En mi mente sólo aparecían fueguitos azules danzantes.

Recuerdo haberle agradecido a Pamela por haberme llevado, tocarle la mano a oscuras. Recuerdo que alguien habló sobre suicidio y alguien sobre un recién nacido o alguien a punto de nacer. Las voces venían de todas partes, sin cuerpo, aparecían en la oscuridad y yo sé que no estaba alucinando. Así de acústica es la experiencia en un Temazcal.

Continuaron los cantos seguidos de breves pero profundos silencios.

La puerta se abrió por tercera vez, pero esta vez no sólo entraron más abuelitas sino que además tomamos té de orégano y otra hierba que conozco pero que no recuerdo su nombre.

Se cerró la puerta una vez más y ya estábamos en la cuarta puerta. El calor era tan intenso que casi nadie habló. Y todos estábamos recostados. Sentí como algo entraba en mi garganta y atravesaba mi pecho.

Escuché las respiraciones de los demás y las mías como si estuviésemos dentro de un huevo. Se escuchaba el aire entrar por las narices y como salía de las bocas danzantes en la oscuridad. En la cuarta puerta escuché el calor del aire , sí “escuché el calor”, entrando y saliendo de los cuerpos.

La experiencia duró unas dos o tres horas, pero el tiempo transcurrió distinto que el tiempo del reloj. Seguramente Julian Barbour sabría explicarlo.

Cada oportunidad tiene su momento, esa es una de las cosas que he aprendido en México. Me siguen preguntando porqué sigo aquí y es por estas ramificaciones entre la vida cotidiana y lo sagrado.

México y sus habitantes juegan todo el tiempo entre estas dos puntas mostrándote la vida y la muerte de las formas más inesperadas.

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