Jugar con los límites

“Para que una obra  se abra a la participación emocional del observador  es necesaria una tensión  entre las intenciones conscientes y los caminos inconscientes” Juhani Pallasma

“En realidad, trabajar en filosofía no es más que trabajar sobre uno mismo, sobre la propia interpretación de uno mismo, sobre cómo ve uno las cosas” Ludwing Wittgenstein.

¿Cómo nos salimos de los límites cuando nos dedicamos a experimentar?

¿Cuáles son aquellos límites?

Saber jugar con los límites en lo que se refiere al arte significa: ¿Saber jugar con los límites propios o los de la sociedad en general?

Desde hace varios meses moldeo una nueva pieza que se sale completamente de mi zona de confort, de lo estudiado en todos estos años.

Para poder hacerla pasé horas sentada escuchando, pregunté y repregunté a amigos y conocidos que saben más que yo acerca del tema, investigué nuevos software, nuevas formas de trabajo, nuevos ritmos, nuevas historias. Leí libros, manuales, vi festivales, escuché entrevistas con artistas renombrados, busqué opiniones y también me dejé llevar por mi intuición.

El resultado de todo esto: una pieza bastante básica de ocho minutos de algo relacionado con la música electrónica.

Nada del otro mundo, pero esta primera pieza básica es el resultado de un proceso de casi ocho meses de trabajo constante.

Hoy mientras tomo mi té por la mañana me pregunto ¿y entonces qué?

Tengo que seguir ajustando algunas cosas para que se escuche mejor.

La pieza para mí es maravillosa porque sé lo que me llevó hacerla y lo que me costó, porque para mí las piezas representan un proceso, una meta. Después esta el plus de que si en unos años la escucho y me gusta y me transmite algo más que el recuerdo del proceso de trabajo, eso quiere decir que es un buen trabajo.

Pero a pesar de eso también puedo distinguir cuando el resultado de ese esfuerzo es mediocre y le falta más trabajo, le falta mejorar, crecer. Quizás no en ésta pieza sino en la que sigue. Los procesos suelen durar más tiempo de lo esperado, son más complejos de lo que uno cree en un primer momento.

Muchas veces el proceso difiere del resultado final. El resultado final – lo que finalmente escuchan los otros- no refleja el esfuerzo, no transmite lo que el espectador u oyente espera de uno.

Lo que el oyente/espectador espera.

¿Es realmente importante?

Yo creo que sí y que no a la vez.
Por una parte uno está queriendo expresar algo por medio de su trabajo y, por eso creo importante imaginar a quiénes va dirigido el mensaje. Ésta idea puede llegar a cambiar todo el sentido de una obra.

Finalmente uno se está queriendo comunicar con alguien que está en el otro lado del reflejo.

Pero por otra parte los procesos de creación suelen ser internos y particulares. Suelen estar involucrados con el momento, con el ambiente, con el humor. Dicho de otro modo: con los propios procesos que nos despierta la vida cotidiana y que, intencionada o in-intencionadamente, se reflejan en el trabajo.

Y aquí es cuando volvemos a los límites.

Mover.

Creo que es necesario jugar con los límites de uno para poder des-estructurar los límites sociales.

Toda mi carrera he estado jugando entre una mezcla de ruidismo y storytelling. Soy incómoda pero no al estilo Oren Ambarchi o Pharmakon -son los primeros que se me vinieron a la cabeza hoy porque son de mis artistas preferidos últimamente- podría decirse que dentro de lo convencional quizás por momentos soy medio rara.

Juego con los límites de lo que se espera de mí. Suelo presentar cosas en situaciones en las que la gente no sabe muy bien qué decir. No le desagrada lo que escucha pero claramente se ve que no es lo que esperaban.

Y esa situación es algo que me agrada porque juega todo el tiempo con mis propios límites. Cuando se espera una historia entendible, la historia deja de tener importancia.

Para mí jugar con los límites se relaciona con experimentar con la cabeza y el cuerpo de uno. Hay más límites en nuestra propia cabeza que en la vida real.

Por ejemplo; a mí me gusta exponerme sin ser vista. Una contradicción extraordinaria.
Por eso mi interés en la música electrónica, género en el que los sonidos confluyen en lo que se ve (ya sea imaginado o real) y en lo que se siente con el cuerpo.

“La música electrónica te tiene que hacer mover”:- me explicaron varios amigos.

Y sí, es verdad. Este estilo musical hace mover los cuerpos.

Y para mí eso es realmente un reto. Mi cuerpo nunca se ha movido con los ritmos convencionales, mi arritmia ventricular diagnosticada a los siete años siempre tuvo una fuerte incidencia en cómo mi cuerpo entiende los ritmos.

“Nos es que baile mal es que bailo los silencios” fue una frase que dije durante mucho tiempo después de asistir a una clase de salsa.

Así que para mí, moverme y hacer mover es un límite.

Tocar.

Si pensamos detenidamente en realidad cualquier cosa que hagamos se resume en tratar de comunicarnos con otros.

Y para comunicarnos es preciso romper los límites, salir de la “zona” de confort.

La historia de la comunicación está basada en romper los límites físicos que impiden la comunicación. El estudio del sonido está basado en el análisis de cómo éste fenómeno físico es capaz de moverse y propagarse a través de las diferentes estructuras hasta tocar nuestro cuerpo.

Nuestro cuerpo.

No coloco este título aquí al azar.

Nuestro cuerpo es uno de los límites más claros que tenemos dentro de nuestra mente; y a medida que pasan los años esa sensación limítrofe se acentúa.

El cuerpo físico es a la vez un transmisor que almacena y procesa las diferentes percepciones que obtenemos del mundo que nos rodea.

Cuando las cosas tocan nuestro cuerpo se comunican con nosotros. Pero tocar no es sólo una sensación física sino también mental.

Entonces ¿Cuáles son realmente los límites a cruzar? ¿En dónde queda la experimentación?

Experimentar la incomodidad que produce exponerse y sentirse incómodo. Experimentar la incomodidad de los nuevo, lo diferente, lo que cambia constantemente en nosotros.

Ahí se encuentra, para mí, la verdadera experimentación con sonidos o con lo que sea.

Analizar esa incomodidad buscando los límites del territorio que abarcamos, el territorio que abrazamos.

Muchas veces estamos tan interesados en romper los límites de lo social que nos olvidamos de mirar y enfrentar nuestros propios límites que son muchos más ricos y complejos.

Y cuando hablo de enfrentar no me refiero a romper nuestros límites, no sé si eso es posible, pero sí en jugar con ellos. En ver qué sale.

Y aquí es cuando nuestra mente nos hace un truco muy malicioso.

Parecería ser que, para la mente occidental, romper con los límites sociales es mucho más importante que jugar con nuestros propios límites. Muchas veces se llama “trabajo” a romper con los límites sociales y se minimiza el “jugar” con uno mismo.

Todos los sábados trabajo con un grupo de chicos y chicas de entre 6 a 15 años de la comunidad Mazahua. Ellos me han enseñado que el verdadero trabajo consiste en jugar hasta aprenderse el juego. Y una vez que uno lo aprende, esto no quiere decir que uno sea el mejor en ello ni mucho menos, se pasa a otro juego.

Juego es toda actividad que realizan uno o más jugadores, empleando su imaginación o herramientas para crear una situación con un número determinado de reglas, con el fin de proporcionar entretenimiento o diversión…

Probablemente, las cosquillas, combinadas con la risa, sean una de las primeras actividades lúdicas del ser humano, al tiempo que una de las primeras actividades comunicativas previas a la aparición del lenguaje.

Cualquier experimentación se traduce en un juego constante con nuestros límites.

 

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