12 de mayo de 2019 / Bs As, Argentina.

Después de más de trece años viajando y viviendo fuera del país donde nací hace tan sólo un mes regresé a mis raíces.
Decidí volver por muchos y diferentes motivos pero el principal es reencontrarme con un lugar cargado de recuerdos de la infancia, con mi familia, mis viejos amigos y dejarme llevar por mi corazón.

En este proceso de cambio me desprendí de toda mi vida que había construido en México.
En un camino que no fue fácil; dejé mi casa, mis libros (o mejor dicho parte de ellos), mis plantas, mis muebles, mis seres queridos… y viajé con todo lo que podía entrar en una maleta de 23kg que resultaron en 20kg más de exceso de equipaje.
Aún así mi vida se redujo al mínimo indispensable.

Ahora soy dueña de tan sólo tres pantalones de jean, dos sweters, dos remeras, unas calzas negras, dos pares de botas y uno de alpargatas.
Mi equipo de trabajo, siempre pequeño, viajó conmigo y no cambió. Una grabadora portátil, tres MIDIS, dos micrófonos de condensador, una tarjeta de audio externa, una computadora portátil, unos audífonos de estudio y unos monitores de estudio pequeños.
También me acompañan en esta nueva etapa unos cuantos libros y libretas, mis pipas, mis armónicas, mis instrumentos aborígenes, mis fotos y mis postales y algún que otro recuerdo.

Viajar liviano.

Al llegar decidí que por un tiempo determinado, viviría en una pequeña carpa en medio de un pequeño pueblo ubicado en la provincia de Buenos Aires con tan sólo 4.000 habitantes.

Una carpa pequeña para dormir. Una carpa de lona que hace de estudio.

Conectar con un nuevo espacio nunca es sencillo, menos en un nuevo país. Acostumbrarse al movimiento, los modismos, el ritmo siempre resulta en un aturdimiento extraño.
Por eso decidí instalarme en medio de la naturaleza, para comenzar mi proceso de re-adaptación espacial. De pasar del valle y los volcanes mexicanos a la llanuras argentinas. De los colibríes del estado de México a los benteveos de la provincia de Buenos Aires.

Cuando el cuerpo se encuentra en un proceso de adaptación a un nuevo espacio ocurren diversos cambios. Los sentidos se ponen alerta y procesan las nuevas informaciones.
Cambian las sombras, los olores, la temperatura, la presión atmosférica, los sabores, los paisajes sonoros.

Es de noche el cielo está estrellado. Hace dos días llovió y la tierra aún está mojada. Comienza a sentirse el frío del invierno bonaerense pero no congela sino que se siente un leve viento que cruza mis pies.
Estoy en una vieja carpa estilo militar de los años 80′. El escritorio es una puerta de madera y frente a él estoy sentada en una vieja silla Thonet. Afuera se escuchan los perros que ladran, el viento que trae las voces lejanas de un grupo local de heavy metal – éste fin de semana se armó una feria de motoqueros- los ruidos de las motos en la carretera, los grillos y los sapos.
Olor a frío, a la escarcha que comienza a instalarse en el pasto.


Prendo la pipa y el humo del tabaco toma por completo el espacio. Por una milésima de segundo la brasa de la pipa le da a mi cuerpo una sensación de calor. Es por eso que fumo pipa, el ritual y la sensaciones de cobijo que produce tener fuego en la boca.

Estas primeras líneas que escribo son importantes. Son las primeras de una sucesión de relatos que irán habitando los espacios que a su vez iré habitando.
En este transitar, en este cambio de percepciones sensoriales, esto que aquí escribo es un registro que quizás pueda servirme para entender un poco más acerca de cómo es que habitamos los sonidos, cómo es que escuchamos los espacios.

Paisaje Sonoro Noche Provincia de Buenos Aires 12/5/2019

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